CUENTOS DE GRINGOS
07/10/2010-Quiero, a través de estos recuerdos, traer a la memoria los años donde los inmigrantes llegados de todas partes del mundo, poblaron estas tierras mediante sacrificios, angustias y alegrías.

Esto va como homenaje a mi abuelo materno FRANCISCO RESIO (nacido en RACONIGGI - ITALIA) y mi padre GUIDO MARETTO (nacido en PADUA - ITALIA).
Dentro de mis relatos existen personajes españoles que forman parte de las anécdotas contadas por mi madre . Tal vez, mi memoria, haya dimensionado los hechos por la subjetividad de la relatora (mi madre, fallecida, ya, pero presente en estos cuentos).
También quisiera que aquellas personas que les interese dar a conocer acontecimientos de sus ancestros, que forman parte de nuestra historia personal lo hagan por este medio.
De esta manera nos uniremos para armar una historia de héroes anónimos que ayudaron a formar lo que hoy somos (para bien o para mal, esto es lo que somos).
...Mi abuelo gringo llegó a la Argentina con sus padres cuanto contaba, sólo, dos años.
Era el segundo hijo vivo de dieciséis (la madre decía “si Dios los quiere a su lado…” cuando los niños se enfermaban), es así que crió solamente a Josefa y Francisco.
Venían de Raconiggi un pueblo piemontés cerca del Palacio de Saboya, lugar de veraneo del Rey. Allí el padre, Carlos, era el cocinero del Palacio del Rey, pero la quimera de América tentadora y sugestiva lo atrajo y es así como arribaron a estas tierras llena de promesas.
Se asentaron al noroeste de la provincia de Santa Fe en tierras que los colonizadores destinaron para tal fin (supongo que debe ser Guillermo Lehmann). Seguramente así se fundó Ataliva, Galisteo, Virginia, etc.
Fueron tiempos muy duros. Existían los malones formados por indígenas y algunos “matreros” escapados de la justicia que, agregados a la soledad y la sequía hacía de esta nueva vida un suplicio.
La mayoría de los pobladores se dedicaban a la agricultura pero criaban uno que otros animales para su propio sustento, gallinas, ovejas, cerdos, patos…
De ese ambiente surge la primera narración de mamá.
LA SEQUÍA
Vio al indio junto al aljibe. Las crenchas grasientas brillaban bajo el sol de mediodía.

¡Qué ridícula parecía la jarra enlozada, blancas con flores celestes, en las manos del salvaje! y ¡cuánta ansiedad expresaba en el apuro por apagar la sed!.
El rancho de su padre, alejado de todo rastro de civilización y en comunidad, imposible a simple vista, con los indígenas; se alzaba orgulloso desde hacía tres años en medio del desierto inhóspito para el cristiano gringo.
El indio volvió la cabeza, presintiendo la mirada del pequeño, que desde la galería de la casa, lo observaba.
Había curiosidad en los ojos del blanco, recelo en los del otro. Ninguno habló.
Con esa mirada quedaba sellada la autorización para beber agua.
Cerca de allí, un caballo, sin montura y con riendas de tiento, esperaba paciente a su dueño, con la cabeza erguida y los músculos en tensión.
Desde adentro la madre llamó alarmada al niño.
El chico entró sin dejar de lanzar furtivas e insistentes miradas hacia el aljibe, donde el hombre había terminado de beber. A través de los vidrios de la ventana, lo admiró cuando de un salto montó y profiriendo alaridos destemplados se alejó al galope envuelto en una nube de tierra.
Parecía un centauro de acero, bravío e indómito.
LA TRAVESURA
El calor del verano abrasó la siembra. Los campos ubérrimos a costa de sudor y trabajo paciente, mostraban trágicamente los esqueletos ocres de la cosecha.
Algunos colonos abandonaron sus tierras y buscando refugio en el fuerte, veían desvanecerse los sueños de grandeza.
Por esa época los malones menudearon y los indios se acercaban peligrosamente, cada vez más, hasta la hacienda, robando caballos para su alimentación o rapiñando lo que podían de las viviendas.
La banda estaba compuesta por salvajes, desertores, malvivientes prófugos y algunos integrantes de la milicia que, aprovechando la confusión se ganaban la vida de ese modo.
Carlos Resio no iba a dejar el campo, ¡eso, nunca!. Llegó a América lleno de esperanzas y aún las conservaba.
Vivian de sobresalto en sobresalto.
Por eso adiestró a la familia en el manejo del Winchester. Él lo llevaba en todo momento. Cuando salía al patio o araba cargándolo sujeto, sobre la espalda.
Muchas veces el padre reprendió a Francisco, el hijo menor, porque con sus siete años no alcanzaba a comprender el peligro que representaba el campo fuera de los límites de la casa, y además, se negaba a llevar el arma.
Pero los nativos nunca los molestaron. A veces cuando veían en el horizonte la polvareda, y pensaban, suspirando tranquilos, que, por esta vez la suerte estuvo de su lado.
Una tarde Francisco, aprovechando el pesado sueño de la siesta de sus mayores, salió al patio. Los fulgores del sol cayendo a plomo, lo enceguecieron, luego el montecito de espinillos y toda su frescura umbrosa lo atrajo con un encantamiento febril.
Tomó de la fiambrera colgada en la galería, un trozo de queso y pan casero, y se prometió una mágica aventura.
Sobre la tierra agrietada yacían las cañas huecas del maíz. Sus mazorcas incipientes colgaban inútiles y fofas, abortadas en la mejor de su esplendor.
El niño juzgó la magnitud de las pérdidas, pero, ya sea por su corta edad o contagiado en la filosofía optimista del padre, su ánimo inquieto no decayó.
Redoblando esfuerzo, se adentró en la maraña de hojas y chalas resecas. Tratando de llegar hasta la fronda promisora iba salvando obstáculos saltando y corriendo con vehemencia, casi con locura.
Cuando alzó la cabeza para orientarse, el monte no estaba más. Giró mirando en derredor y tampoco divisó la casa.
La mochila improvisada, le pesó horrores. El sol taladró con púas de fuego sus ojos claros. Los entrecerró buscando alivió. Fue entonces que intuyó que el maizal lo había devorado.
Sus padres y hermana no podrían encontrarlo. El inmenso entorno yermo los sofocaba. No gritó. Sabía que era inútil. El aire caliente, denso, le negaba alivio a sus pulmones. Le martillaron las sienes. Puntos negros bailaban delante de él una danza macabra. La tierra lo seducía amorosamente y la visión se le hizo borrosa, cuando descubrió la figura del indio. Imponente, alto, alto, hasta el cielo…
Despertó sobre el caballo, que mansamente se dejaba conducir por el indígena. El olor fue lo primero que lo despabiló. Era un olor nauseabundo, mezcla de transpiración, tierra, grasa de potro y humo.
Un mareo repentino lo recostó sobre el jinete, cuyos brazos vigorosos lo sostuvieron como si no pesara.
En un rapto de coraje lo miró. Jamás imaginó que una cara pudiera ser tan ajena de expresiones, sólo los ojos renegridos le hablaron con el lenguaje tácito acostumbrado.
Al paso llegaron hasta la casa, y tiernamente, como una flor delicada, el indio lo depositó en el suelo…, junto al aljibe…